Mercurio Editorial

El libro, el valor de la eternidad

  

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Energía, poder y clima

Energía, poder y clima

Antonio Morales Méndez [prólogo de Federico Aguilera Klink] Ensayo. 1 Edición. 2015 cartoné. 15x21 cm. 456 p. ISBN: 978-84-943659-9-7

Energía, poder y clima es una joya de libro, siempre que alguien esté interesado en comprender cómo funciona la realidad social económica y ambiental en la que vive, cómo le está afectando y qué posibilidades tiene de cambiar-evolucionar por su cuenta o de ser cambiada. Recoge 89 artículos escritos por Antonio Morales entre 2009 y 2015 sobre temas tan variados (y tan relacionados todos) como el mercado, el poder, la política, el cambio climático, la contaminación, la democracia, la estafa mal llamada crisis, las energías renovables, el gas natural, el fracking, el déficit tarifario (tramposo), la amenaza del TTIP, las prospecciones, la soberanía alimentaria, la tercera pista del aeropuerto de Gran Canaria,… etc.
Me gustaría que este libro ―nada académico, sin dogmatismo, con sus textos breves, pedagógicos y escritos de manera clara, tratando de que quien lo lea pueda entenderlo sin dificultad y, a la vez, siga pensando por su cuenta haciéndose preguntas y permitiendo que surjan nuevas dudas― se convirtiera en un libro de consulta continua y de debate puesto que arroja luz sobre muchos aspectos sobre los que, habitualmente, ni los medios de comunicación ni la propia Universidad tienen interés en abordar con claridad. Los unos porque el que paga manda y la otra porque se ha ido alejando y enajenando tanto, tanto, tanto de cuál es su función y de qué es enseñar a pensar con claridad que se está convirtiendo, consciente o inconscientemente pero de manera mayoritaria, en un espacio que enseña a repetir etiquetas pero sin cuestionar conceptos ni enseñar a argumentar con claridad. De ahí que espacios televisivos como Salvados o El Intermedio estén ayudando más que muchas universidades a entender qué es lo que está ocurriendo, algo que también menciona Antonio en uno de sus artículos y que nos tiene que llevar a preguntarnos qué hacemos en la universidad.
Para no perderme en la variedad de temas que toca este libro y como un prólogo yo lo veo como un texto que tiene que animar a leer el libro prologado y no cansar a nadie antes de tiempo, me parece que puede ser útil resumir las ideas básicas. Y lo voy a hacer citando un libro, al que se vuelve una y otra vez con la idea de la sostenibilidad, pero de una manera diferente ya que una de sus ideas clave ha sido, por lo que veo, completamente ignorada. Me refiero a Nuestro Futuro Común, editado en 1987 por la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo y a su reflexión sobre los problemas ambientales.
Frente a las repuestas habituales que afirman que los problemas ambientales son el cambio climático, la deforestación, la contaminación, la erosión, la pérdida de biodiversidad,… etc., es decir, frente a respuestas que no conectan causas y resultados, el citado libro afirma con toda claridad, por cierto, de manera similar a cómo lo hace Antonio en diferentes artículos, lo siguiente. “La desigualdad (en la toma de decisiones y en la apropiación del capital ecológico, por parte de los países industrializados) es el principal problema «ambiental» del planeta y su principal problema de desarrollo”.
Este diagnóstico, habitualmente ignorado, muestra con claridad que las verdaderas causas de los problemas ambientales consisten, sea a nivel local o a nivel global, en la ausencia de democracia y en el saqueo violento de la naturaleza. Vivimos bajo un sistema profundamente violento pero no lo vemos con claridad pues se nos repite que vivimos bajo una democracia mientras gobiernos y grandes empresarios toman decisiones y aprueban reglas que van contra las personas y contra el medio ambiente, por supuesto en nombre de la democracia, del bienestar y de la competitividad. Desde luego no podemos ignorar el papel de los hábitos de consumo y de los estilos de vida que se nos presentan, habitualmente, como inocuos, sostenibles y, sobre todo, desligados de las condiciones de trabajo (explotación laboral generalizada) del saqueo ambiental del planeta y de cómo se toman las decisiones. Tenemos mucho que hacer como consumidores siempre que empecemos a tomar conciencia de que también somos ciudadanos, de que vivimos en una ‘normalidad patológica’ que no es generalizable y de que se puede vivir de otra manera o, si se prefiere, de que esta manera de vivir no puede durar mucho tiempo por todos los costes sociales y ambientales que gene-ra, es decir, por injusta y por ir destruyendo las funciones y servicios ambientales que nos proporciona la propia naturaleza.
En el centro de este diagnóstico, se encuentra el capitalismo bajo el que vivimos y especialmente la idea de mercado libre. El lenguaje nunca es neutral sino que es usado, bien para ver y comprender con claridad o, por el contrario y con frecuencia, para ocultar y tergiversar lo que expresamos haciéndonos creer que hablamos con claridad pues repetimos las consignas-noticias-ideas que recibimos.
Por ejemplo, pocos términos son tan tramposos como el de mercado libre que, además, se antepone interesadamente al de intervención estatal, como si mercado y reglas no tuvieran nada que ver. Tampoco son ajenas a esta trampa las expresiones como regulación, desregulación, fundamentalismo del libre mercado,… etc.
Como muy bien señala Dean Baker, “No hay fundamentalistas del mercado libre. Lo que hay son conservadores que quisieran que nos creyéramos que sus normas equivalen al natural funcionamiento del mercado. La derecha tiene tanto interés como los progresistas en que el sector público se implique en la economía pero hay que tener en cuenta dos diferencias:
1. Los conservadores quieren que el sector público intervenga de un modo que redistribuya el ingreso en provecho de los más pudientes.
2. La derecha es lo suficientemente lista como para ocultar estas intervenciones, tratando de que parezca que las estructuras que redistribuyen el ingreso hacia los de arriba no son más que el resultado del funcionamiento natural del mercado” (2010).
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3241
Por eso no tiene ningún sentido, excepto el de ocultar y engañar a las personas, el continuar hablando en términos de ‘los mercados deciden’ ‘los mercados se expresan’,…etc. Uso como ejemplo algunos de los discursos empresariales que cita Antonio. “En una campaña muy bien pergeñada, en plena contienda electoral y al calor del previsible triunfo de los populares, un sector empresarial-político-mediático puso en marcha en Canarias la demanda de la desregulación de las leyes que protegen el territorio y detrás la imperiosa necesidad del gas, de las prospecciones petrolíferas, de una RIC a demanda,… etc. (Ofensiva neoliberal)” o “En el almuerzo de Navidad de la Confederación Canaria de Empresarios, su presidente, Agustín Manrique de Lara, culpó directamente a la Administración de dificultar la creación de empleo: “la intervención regulatoria del sector público en la economía canaria es insoportable”…. Para los empresarios del Círculo, la competitividad y la productividad (que casi siempre significa más horas de trabajo por menos sueldo) deben trasladarse también a las instituciones públicas y se debe eliminar el entramado legislativo que provoca una “intervención desmedida en el mercado” de los poderes públicos… Eso sí, no rechazan que la Administración debe existir para dirimir enfrentamientos o para pagar los fiascos. (La avidez de las élites).
Obviamente, cuando estas personas ‘demandan más desregulación’ o ‘menos intervención regulatoria’, lo que están pidiendo es una regulación que les favorezca y no una regulación que proteja los derechos sociales y ambientales, lo que ocurre es que a eso le llaman política económica competitiva y otras tonterías más. No se trata, como explica Baker, de que haya más o menos regulación, que es lo que nos quieren hacer creer, no se trata de centrar el debate en más o menos regulación, como hacen ellos, sino de centrarlo en ¿A quién y de qué manera be-neficia o perjudica la regulación? En lugar de crear confusión, como suele hacerse en la universidad, hablando de más o menos regulación, o del mercado libre sin más, la cuestión clave es el poder y sus implicaciones: ¿Quién tiene poder para configurar las reglas? ¿A quién benefician? Y ¿A quién perjudican? Hacerse estas preguntas nos enseña a pensar con claridad en términos de ¿Qué es un coste y quién lo define? Así como ¿Qué es eficiente y por qué? O, con estas reglas, ¿Qué reflejan los precios y por qué son así? Lo demás es perder el tiempo y seguir sin entender nada. El problema es que muchos economistas creen, erróneamente, que plantear estas cuestiones no es serio ni científico.
La paradoja es que Adam Smith ya hablaba sobre estas cuestiones hace dos siglos y con una claridad asombrosa, por eso no se le lee como habría que leerlo. Más concretamente, decía en ‘La riqueza de las naciones’: “Cualquier propuesta de una nueva ley o regulación comercial que venga de esta categoría de personas (los empresarios) debe siempre ser considerada con la máxima precaución, y nunca debe ser adoptada sino después de una investigación prolongada y cuidadosa, desarrollada no sólo con la atención más escrupulosa, sino también con el máximo recelo. Porque provendrá de una clase de hombres cuyos intereses nunca coinciden exactamente con los de la sociedad, que tienen generalmente un interés en engañar e incluso oprimir a la comunidad, y que de hecho la han engañado y oprimido en numerosas oportunidades”. Por otro lado, en sus ‘Lecciones de jurisprudencia’, que son los apuntes tomados por uno de sus estudiantes en el curso 1762/63, llega a afirmar de manera más contundente aún, y posiblemente siguiendo a Tomás Moro en la parte final de su Utopía, que “Las leyes y el gobierno pueden ser considerados…, en todos los casos, como una coalición de los ricos para oprimir a los pobres y mantener en su provecho la desigualdad de bienes que, de otra forma, no tardaría en ser destruida por los ataques de los pobres”.
Por eso, no es de extrañar que el dibujo adjunto, publicado en el Financial Times, en un artículo sobre los mercados muestre con toda claridad de qué estamos hablando y qué y quiénes son los mercados y los gobiernos. El mismo dibujo se podría hacer a nivel nacional, autonómico, insular y local. (http://www.ft.com/intl/cms/s/0/c0074548-9b47-11df-baaf-00144feab49a.html#axzz3V7d44tiz)
Estas cuestiones están presentes en los artículos de Antonio, unas veces más claras que otras, pero están ahí y eso es lo importante porque al expresarlas, al explicitarlas surgen nuevas cuestiones que, ‘antes no estaban ahí’ y que son profundamente relevantes para ayudarnos a comprender mejor qué es lo que ocurre y dónde estamos. Todos los casos que estudia Antonio muestran este conflicto entre clases o grupos de poder y ciudadanos engañados por sus propios gobernantes y, por lo tanto, desasistidos de sus derechos, como el actual intento de ocultar la configuración que se está haciendo del TTIP o cómo se ha elaborado la nueva configuración del REF sin que se sepa todavía bien de qué manera afectó el anterior REF y su estrella, la RIC, a la mayoría de los ciudadanos que vivimos en Canarias. Aunque la evidencia disponible muestre que esto ha sido un latrocinio total.
Para insistir en estas cuestiones acudo a otro autor, Paul Hawken (Negocio y ecología, 1993) que habla claro sobre el tema del conflicto entre las renovables y la energía fósil en EEUU y que siempre que lo leo me recuerda a Antonio. “La energía no renovable tiene senadores, jefes ejecutivos, institutos sin ánimo de lucro, televisiones, economistas, periódicos y la mayor parte de la economía de los Estados Unidos (en forma de millones de dólares de fondos) para aclamarla y tener la seguridad de que gana”.
Estamos hablando de democracia, de poder, de economía y de medio ambiente, pero con el objetivo de comprender y de asumir que esta situación solo puede cambiar si las personas nos implicamos puesto que no hay democracia sin individuos autónomos que piensen por su cuenta y que salgan de la obediencia y de la sumisión a la que nos tienen acostumbrados aquellos que dicen ‘defender’ la democracia y que tanto hacen contra ella y contra las personas.
Como decía Benito Pérez Galdós, en La fe nacional y otros escritos, publicado en 1912, “Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consun-ción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos... Tendremos que esperar como mínimo 100 años más para que en este tiempo, si hay mucha suerte, nazcan personas más sabias y menos chorizos de los que tenemos actualmente”.
Y es que, la corrupción de la democracia y la ausencia de personas capaces de pensar por sí mismas, de no prostituirse, se encuentra en el centro de los problemas que va presentando este libro. Siempre va a haber intereses empresariales que quieran comprar políticos, jueces, periodistas y profesores para que defiendan esos intereses y lo conseguirán mientras no haya personas independientes en todos los ámbitos posibles y mientras no defendamos de manera colectiva el interés público. El diagnóstico que hacía Joaquín Costa en 1901, sigue siendo válido actualmente: “No es nuestra forma de gobierno un régimen parlamentario, viciado por corruptelas y abusos, según es uso entender, sino, al contrario, un régimen oligárquico, servido, que no moderado, por instituciones aparentemente parlamentarias… O, dicho de otro modo, no es el régimen parlamentario la regla, y excepción de ella los vicios y las corruptelas denunciadas en la prensa y en el Parlamento mismo durante sesenta años; al revés, eso que llamamos desviaciones y corruptelas constituyen el régimen, son la misma regla”, Por eso es de agradecer que una persona como Antonio Morales siga reflexionado, argumentando, escribiendo y actuando en la vida pública como un demócrata, como una persona que sí piensa por cuenta propia y que defiende el interés público.


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